Domingo 26 de mayo
Santísima Trinidad
Felipe Neri, sacerdote fundador (a. 1595)
Mariana de Jesús (Ecuador, a. 1645)
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Prov 8,22-31: Antes de
comenzar la tierra, la Sabiduría fue engendrada
Salmo responsorial 8: Señor, dueño
nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!
Rom 5,1-5: A Dios, por medio de
Cristo, en el amor del Espíritu
Jn 16,12-15: El Espíritu tomará de
lo mío y se lo anunciará a ustedes
(Comentario homilético elaborado en un ciclo anterior por Mons. Silvio Báez,
obispo auxiliar de Managua).
La revelación de Dios como misterio trinitario constituye el núcleo
fundamental y estructurante de todo el mensaje del Nuevo Testamento. El misterio
de la Santísima Trinidad antes que doctrina ha sido evento salvador. El Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la
humanidad, donando la vida y comunicando su amor, introduciendo y transformando
el devenir de la historia en la comunión divina de las Tres personas. Por eso se
puede hablar de una preparación de la revelación de la Trinidad divina antes del
cristianismo, tanto en la experiencia del pueblo de la antigua alianza tal como
lo atestiguan los libros del Antiguo Testamento, como en las otras religiones y
en los eventos de la historia universal.
El Nuevo Testamento, más que una doctrina elaborada sobre la Trinidad, nos
muestra con claridad una estructura trinitaria de la salvación. La iniciativa
corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la
realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, que
por amor se entrega a la muerte; y la actualización perenne es obra del
don del Espíritu, que después de la resurrección es enviado por Jesús de parte
del Padre y que habita en el creyente como principio de vida nueva
configurándolo con Jesús en su cuerpo que es la Iglesia.
La primera lectura (Prov 8,22-31) es un himno a la sabiduría divina
considerada en su doble dimensión trascendente e inmanente. La Sabiduría es
trascendente pues ella es el proyecto de Dios, su voluntad, sus designios, su
Palabra, su Espíritu; pero también es encarnada ya que el proyecto divino se
realiza en la creación y en la historia, la voluntad de Dios se manifiesta en la
Escritura y a través de su Espíritu se convierte en una realidad interior al ser
humano. De esta forma la reflexión sapiencial bíblica supera la simplificación
panteísta o dualista en su visión de Dios.
En los vv. 22-25 el autor bíblico nos sitúa “antes” de la creación, en la
eternidad de Dios, presentando la Sabiduría como una realidad divina y
trascendente, anterior a todas las realidades cósmicas: “El Señor me creó al
principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas... cuando no había
océanos, fui engendrada, cuando no existían los manantiales ricos de agua”. En
los vv. 26-31 la Sabiduría parecer ser una realidad creada pues aparece
contemporánea a la creación. La Sabiduría está presente también en el ser
humano, en su inteligencia, en su felicidad: “Cuando consolidaba los cielos allí
estaba yo, cuando trazaba la bóveda sobre la superficie del océano, cuando
señalaba al mar su límite... a su lado estaba yo como confidente, día tras día
lo alegraba y jugaba sin cesar en su presencia; jugaba con el orbe de la tierra,
y mi alegría era estar con los seres humanos”.
Este himno ha llegado a ser en la tradición cristiana un preanuncio de la
encarnación de la Palabra (Jn 1), que “al principio estaba junto a Dios, todo
fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuando llegó a existir” (Jn
1,2-3), y que al final de los tiempos “se hizo carne y habitó entre nosotros y
hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de
gracia y de verdad” (Jn 1,14).
La segunda lectura (Rom 5,1-5) es una especie de declaración paulina de sabor
trinitario sobre la situación del ser humano que ha sido justificado gracias a
la fe en Cristo: “Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación,
estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo...
y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (vv. 1.5). Pablo
afirma la dimensión trinitaria de la vida creyente. Reconciliados con Dios por
la fe, estamos en una situación de “paz” y de “esperanza”, paz que supera la
tribulación y esperanza que transforma el presente.
El evangelio (Jn 16,12-15) constituye la quinta promesa del Espíritu en el
evangelio de Juan. Se habla del Espíritu como defensor (“Paráclito”) y como
maestro, llamándolo “Espíritu de la verdad”. La verdad es la palabra de Jesús y
el Espíritu aparece con la misión de “llevar a la verdad completa”, es decir,
ayudar a los discípulos a comprender todo lo dicho y enseñado por Jesús en el
pasado, haciendo que su palabra sea siempre viva y eficaz, capaz de iluminar en
cada situación histórica la vida y la misión de los discípulos.
El Espíritu tiene una función “didáctica” y “hermenéutica” con relación a la
palabra de Jesús. El Espíritu Santo no propone una nueva revelación, sino que
conduce a una total comprensión de la persona e del mensaje del Señor
Resucitado. El Espíritu, por tanto, “guía” (v. 13) hacia la “Verdad” de Jesús,
es decir, hacia su revelación, de tal forma que la podamos conocer en plenitud.
Esta función del Espíritu con relación a Jesús y a su palabra define la
profunda relación entre el Padre, el Hijo y el Espíritu: la Revelación es
perfectamente una porque tiene su origen en el Padre, es realizada por el Hijo y
se perfecciona en la Iglesia con la interpretación del Espíritu. Por eso Jesús
dice que “el Espíritu no hablará por su cuenta, sino que dirá únicamente lo que
ha oído... todo lo que les dé a conocer, lo recibirá de mí”. Jesús será siempre
el Revelador del Padre; el Espíritu de la Verdad, en cambio, hace posible que la
revelación de Cristo penetre con profundidad en el corazón del creyente.
Para la revisión de vida
¿Cómo puedo hacer que se refleje mucho más claramente en mi vida cristiana
el ser “comunitario” de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo?
¿En qué aspectos concretos de mi vida se manifiesta el misterio del Dios
trinitario como amor y vida?
¿Cómo podría abrirme más a la acción del Espíritu de la Verdad en mi vida, para
que me lleve a un conocimiento existencial y actualizado del evangelio de Jesús? Para la reunión de grupo
- ¿Cómo puedo hacer que se refleje mucho más claramente en mi vida cristiana el
ser “comunitario” de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo?
- ¿En qué aspectos concretos de mi vida se manifiesta el misterio del Dios
trinitario como amor y vida?
- ¿Cómo podría abrirme más a la acción del Espíritu de la Verdad en mi vida,
para que me lleve a un conocimiento existencial y actualizado del evangelio de
Jesús?
Para la oración de los fieles
- Dios Padre, misterio infinito y eterno de amor, que nos has llamado a la vida
y nos has creado a imagen de tu Hijo Jesús, haz que experimentemos de tal forma
tu bondad y tu misericordia que lleguemos a ser constructores de un mundo de
amor y de paz. Roguemos al Señor...
- Señor Jesucristo, Hijo eterno del Padre, que en tu vida, muerte y resurrección
nos has revelado el rostro del verdadero de Dios y nos has enseñado el camino
que lleva a la vida, concédenos la gracia de la fidelidad a tu evangelio,
viviendo, a tu imagen, en solidaridad con los pobres y los excluidos de este
mundo. Roguemos al Señor...
- Espíritu Santo de Amor y de Verdad, fuente de todo bien y de toda gracia,
ayúdanos a superar la tentación del egoísmo, de la cerrazón, del miedo, del
legalismo, para ser testigos del reino en el mundo, dóciles a los caminos de
Dios y atentos a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas. Roguemos al
Señor...
Oración comunitaria
Te Señor Dios Eterno, Único y Verdadero,
misterio infinito de amor y de vida,
Trinidad Santísima,
haz de la humanidad creada a tu imagen una sola familia,
y que la comunidad eclesial,
redimida por la sangre de tu Hijo y renovada por el Espíritu,
sea siempre un vivo reflejo de tu misterio comunitario de amor,
signo de liberación para los pobres y los últimos de la tierra,
y fermento de unidad y de paz para todo el género humano.
Por nuestro Señor Jesucristo.
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