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Meditación Dominical

Resucitó al tercer día (Jn 2,13-25)

Sunday, Mar 08, 2015


Jesús realizó su primer signo en las bodas de Caná a insinuación de su Madre María. El episodio concluye con estas palabras: “Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus signos, y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos” (Jn 2,11). En el Evangelio de Juan los milagros obrados por Jesús reciben el nombre de “signos” (seméia) porque tienen la finalidad de manifestar su gloria, es decir, su identidad de Hijo único de Dios y “uno con el Padre”. Los signos son milagros que manifiestan quién es Jesús. Para ver el hecho milagroso no se necesita tener fe, basta tener ojos; para deducir de ese hecho quién es Jesús, es decir, para comprender su significado, es necesario tener fe. El Evangelio de Juan nos relata siete “signos” obrados por Jesús: la conversión del agua en vino en las bodas de Caná, la curación del hijo de un funcionario real, la curación de un enfermo en la piscina de Betesda, la multiplicación de los panes, su caminata sobre el mar de Galilea, la curación de un ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro. El evangelista concluye su obra aclarando: “Jesús realizó en presencia de los discípulos muchos otros signos que no están escritos en este libro” (Jn 20,30). Pero considera que los siete que ha relatado son suficientes para alcanzar el objetivo perseguido: “Éstos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20,31). Los judíos veían el hecho milagroso, pero se resistían a creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Después de la resurrección de Lázaro, que es el mayor de los signos, “los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron consejo y decían: ‘¿Qué hacemos? Porque este hombre realiza muchos signos. Si le dejamos que siga así, todos creerán en él’” (Jn 11,47-48). Reconocen el milagro, pues no pueden negar la evidencia, pero no creen. Los discípulos veían esos mismos hechos con fe y declaran: “Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). En las bodas de Caná los discípulos vieron el hecho milagroso –el agua convertida en vino- y contemplaron su gloria, porque creyeron en él. En cambio, el maestresala vio el hecho –600 litros de vino excelente- pero no creyó y sacó esta conclusión falsa: “Has guardado el vino bueno hasta ahora” (Jn 2,10). Es necesario tener en cuenta todo esto para entender el Evangelio de hoy. Después de las bodas de Caná, Jesús hace su primer viaje a Jerusalén con ocasión de la Pascua de los judíos. Su destino final es obviamente el Templo y allí “encontró a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas”. La explicación de su actitud la da el mismo Jesús con las palabras que la acompañan: “Quitad esto de aquí. No hagáis de la casa de mi Padre una casa de mercado”. Esta actitud se podría comparar con la asumida por otros profetas movidos por el celo de Dios. En efecto, es semejante a la de Moisés cuando, ante la prevaricación del pueblo, rompe las tablas de la Ley, o cuando Elías destruye el altar de Baal y mata a sus ministros, o cuando Matatías, el padre de los Macabeos, mató al judío que se adelantó a sacrificar a los ídolos y al funcionario real que obligaba al pueblo a apostatar. Pero hay algo en la actitud de Jesús que lo hace diferente de todos esos otros casos y que debió llamar poderosamente la atención de las autoridades judías: él llama al Templo “la casa de mi Padre”. ¡Llama a Dios su Padre! Entonces le hacen la pregunta clave: “¿Qué signo nos muestras para obrar así?”. Si en ese momento Jesús hubiera hecho un milagro clamoroso tampoco hubieran creído, como no creyeron ante sus otros milagros. Cuando los judíos recogen piedras para apedrearlo, Jesús les dice: “Muchas obras buenas que vienen del Padre os he mostrado. ¿Por cuál de esas obras queréis apedrearme?” (Jn 10,32). Por eso ahora ofrece este otro signo: “Destruid este Templo y en tres días lo levantaré”. Este es en realidad el “signo de los signos”. Pero en ese momento nadie lo entendió, y ridiculizan sus palabras: “Cuarenta y seis años se ha tardado en construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?”. Pero llegaría el momento en que este signo desplegaría toda su fuerza, como explica el evangelista: “Él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando fue levantado, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús”. Jesús es el templo verdadero de Dios, “en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9). Todo otro templo no es más que una figura de éste. Este templo fue destruido cuando Jesús fue crucificado, muerto y sepultado. Pero al tercer día fue reedificado nuevo y glorioso. Este es el signo que nosotros anhelamos comprender cada vez más profundamente; más aun, anhelamos vivir de él de manera que se cumpla lo que escribe San Pablo: “Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,5). El signo dado por Jesús es el que nos disponemos a celebrar en la próxima Pascua. También nuestro cuerpo, por el Bautismo y la Eucaristía, ha sido hecho templo de Dios. Aunque se destruya, será reedificado glorioso y eterno “en el último día”. + Felipe Bacarreza Rodríguez Obispo Auxiliar de Concepción
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