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Meditación Dominical

Hijos del Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo (Mt 28,16-20)

Sunday, May 31, 2015


La solemnidad de la Santísima Trinidad pone ante nosotros el misterio central de nuestra fe cristiana. Puede llamarse cristiano solamente quien cree en la Santísima Trinidad. En efecto, cuando Cristo resucitado mandó a sus apóstoles a hacer discípulos suyos, es decir, cristianos, les dio esta instrucción: “Haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado”. La primera condición es recibir el bautismo en el nombre de la Trinidad.

¿Qué significa ser bautizado “en el nombre” de la Trinidad? Significa que se recibe el baño con agua (esto quiere decir la palabra “bautizar”) profesando la fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Y ¿cuál es el contenido de esta fe? Profesamos lo que fue revelado a Israel y que lo distingue entre todos los pueblos: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro” (Deut. 4,35.39). Esta fe la expresamos en el primer artículo del Credo: “Creo en un solo Dios”. Por eso el bautismo cristiano se recibe “en el nombre” único, es decir, en la única sustancia divina. Profesar la fe en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo es afirmar que el Padre es ese único Dios, que el Hijo es ese mismo y único Dios y que el Espíritu Santo es ese mismo y único Dios. Creemos que la sustancia divina es una sola, pues uno solo es Dios, pero que esa única sustancia es poseída íntegramente por cada una de las tres Personas divinas distintas.

En las tres Personas divinas no ocurre lo mismo que en tres personas humanas. Cada una de estas personas posee la misma naturaleza humana, y por eso de cada una de ellas decimos que es hombre. Pero cada una de ellas es una sustancia individua distinta, es decir, son tres sustancias individuas, tres hombres. En el caso de Dios, cada una de las Personas divinas posee la misma naturaleza divina, y por eso de cada una de ellas decimos que es Dios. Pero cada una de ellas es la sustancia divina única, es decir, hay una sola sustancia divina, un solo Dios.

En el Evangelio de hoy Jesús expresa su divinidad cuando afirma que él posee “todo poder” en el cielo y en la tierra, pues esto no puede decirse sino de Dios. Esta implícitamente afirmada la Persona divina del Padre como agente del verbo pasivo usado por Jesús: “me ha sido dado”, se entiende “por el Padre”. Jesús había afirmado la igualdad de ambos en la divinidad diciendo: “Todo lo que tiene el Padre es mío” (Jn. 16,15). Y está implícitamente afirmada la Persona del Espíritu Santo en la instrucción de Jesús de “enseñar todo” lo mandado por él, pues es imposible comprender y mucho menos observar todo lo man-dado por él sin la acción del Espíritu Santo en el corazón de los fieles. Jesús había indicado esta acción del Espíritu diciendo: “Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros” (Jn. 16,14). Recibir lo propio de Jesús y explicarlo a los hombres no puede ser obra más que de una Persona divina.

La grandeza del cristiano consiste en que está destinado a ser templo de la Trinidad, según la promesa de Cristo: “Vendremos a él y haremos mansión en él” (Jn. 14,23). Este templo de Dios debe ser santo, pues Dios es santo.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de Los Ángeles (Chile)


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