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Meditación Dominical

Estaba Jesús orando (Lc 11,1-13)

Sunday, Jul 24, 2016


El Evangelio de este domingo podría tener el título: "Catequesis de Jesús sobre la oración". Jesús se muestra como el perfecto maestro, que enseña primero con su testimonio de vida y luego con su palabra.

"Estaba Jesús orando en cierto lugar". El Evangelio de Lucas hace esta observación inmediatamente después del episodio de Marta y María. La actitud de María, que "sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra" (Lc 10,39), es una actitud de oración que es vivamente recomendada por Jesús: "María ha elegido la parte mejor que no le será quitada" (Lc 10,42). Es significativo que el Evangelio de Lucas se refiera a Jesús llamandolo “el Señor", pues sabemos que este título, cuando no está en vocativo, se reserva a Dios mismo. Es así, por ejemplo, que la Virgen María, en su visitación a su pariente Isabel, responde al saludo de ésta, exclamando: "Mi alma engrandece al Señor; se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Lc 1,46-47). Según las leyes del paralelismo hebreo, "Señor" y "Dios mi Salvador" son dos modos de referirse al mismo Ser divino. Así se entiende también la confesión de fe de Tomás: "¡Señor mio y Dios mio!" (Jn 20,28), donde ambos nombres son equivalentes y ambos se refieren a Jesús resucitado. Jesús afirma que María, dedicándose a la oración, ha elegido la parte mejor; pero esa "parte mejor", antes que nadie y con una profundidad que ningún otro hombre o mujer puede alcanzar, pertenece a Jesús: "Estaba Jesús orando". Según el testimonio del Evangelio de Lucas, Jesús oraba continuamente. Por eso él podía ser Maestro de oración.

No era posible interrumpir a Jesús mientras él estaba en comunicación con su Padre. Quien lo contemplaba quedaba sobrecogido. Del Santo Cura de Ars se dice que, cuando celebraba la Eucaristía, se transfiguraba en tal forma que la gente aseguraba que "él veía a Dios". Y el Cura de Ars era hijo de Dios por adopción; ¡qué decir de aquel que es el Hijo único de Dios por naturaleza! Por eso, sólo "cuando terminó", uno de sus discípulos le dice: "Enseñanos a orar". Viendo orar a Jesús, este discípulo ha comprendido algo muy importante: la oración es algo que se aprende y, para hacer progresos en ella, es necesario tener un maestro que tenga experiencia en el tema. Juan era un hombre de oración. Así lo insinúa ya el Evangelio, que resume toda su adolescencia y juventud en estos términos: "Vivió en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel" (Lc 1,80). Juan poseía la experiencia necesaria para ser también él un maestro reconocido, tanto que en su petición aquel discípulo lo propone a Jesús como un ejemplo a imitar: "enseñanos tú, como Juan enseñaba a sus discípulos". La actividad principal de Juan, como la de Jesús, era enseñar a orar.

Jesús responde a la petición enseñando una fórmula de oración: “Cuando oréis, decid...”. Pero no es una fórmula externa, sino enseñanza de la actitud interior que debe tener todo el que ora. Debe dirigirse a Dios con una actitud de amor filial: “Padre”. Debe reconocer la santidad de Dios como expresión de su infinita perfección: “Santificado sea tu Nombre”. Debe anhelar la presencia en el mundo de la acción salvífica de Dios: “Venga tu Reino”. Debe esperarlo todo de la Providencia divina: “Danos cada día nuestro pan cotidiano”. Debe reconocerse pecador ante Dios, pero confiado en la misericordia divina: “Perdónanos nuestros pecados”. Debe tener él mismo una actitud de misericordia con el prójimo: “Porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe”. Finalmente, debe confiar en que Dios no permitirá que sufra una tentación que, con la gracia divina, no pueda resistir: “No nos dejes caer en la tentación”.

Jesús agrega la parábola del amigo importuno, para enseñar que la oración dirigida a Dios con la actitud interior antes descrita debe ser perseverante. La parábola tiene esta conclusión: “Os aseguro que, si no se levanta a dárselos (los tres panes) por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite”. Siguiendo esta enseñanza, San Pablo exhorta: “Orad constantemente” (1Tes 5,17). Si aquel hombre se levanta y da a su importuno amigo “los tres panes” pedidos, Dios “le dará todo cuanto necesite”. Así lo asegura el mismo Jesús: “Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis” (Mt 21,22). La condición “con fe” resume aquella actitud interior expresada en la oración enseñada por Jesús.

En la última parte de la lectura Jesús asegura que la oración hecha con actitud de amor filial obtiene siempre de Dios el don óptimo: “Si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíri­tu Santo a los que se lo pidan!". El Espíritu Santo es el bien máximo al que se puede aspirar. En efecto, “fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gal 5,22-23).

Si Jesús da tanto relieve a la enseñanza sobre la oración, podemos comprender por qué en el programa pastoral para toda la Iglesia en este milenio, entregado por el Santo Padre en su Carta Apostólica “Novo millennio ineunte”, el segundo punto, después de “la santidad”, es “la oración”. El Papa habla de “el arte de la oración”. Y agrega: “Sabemos bien que rezar no es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, aprender este nuevo arte de los labios mismos del divino Maestro, como los primeros discípulos: ‘Señor, enséñanos a orar’ (Lc 11,1)” (N. 32). Cuando se trata de la oración, Jesús es el supremo artista. En este breve comentario del Evangelio nosotros hemos tratado de aprender el arte de la oración de sus mismos labios, como lo pide el Papa. El Santo Padre formula otra urgencia: “Hace falta que la educación en la oración se convierta en alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral” (N. 34). Cada uno debe examinarse para ver qué importancia concede en su vida a educarse en la oración, es decir, a lo que el Papa llama “punto determinante”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)



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