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Meditación Dominical

Señor, auméntanos la fe (Lc 17,5-10)

Sunday, Oct 02, 2016


El Evangelio de hoy nos enseña una brevísima oración que dirigen los apóstoles a Jesús: "Señor, auméntanos la fe". ¿Cuántas veces hacemos nosotros esta oración? La respues­ta de Jesús pone en evidencia la escasez de nuestra fe y la necesidad que tenemos de orar a menudo de esa manera: "Si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a este sicómo­ro: 'Arráncate y plántate en el mar', y os obedecería". Más incisiva resulta esta sentencia si consi­de­ra­mos que en el concepto de Jesús el grano de mostaza es "la más pequeña de todas las semillas" (Mt 13,32). ¡Nues­tra fe no alcanza ni siquiera a esa medida!

     La breve oración de los apóstoles nos revela al menos cuatro cosas: a) Que la fe no es algo que podamos adquirir gracias a nuestro propio esfuerzo, como se adquiere, por ejem­plo, el dominio de una lengua, y que, por tanto, debe ser impetrada en la oración como un don gratuito que se nos da. Si Dios no nos da la fe como un don gratuito -y sólo El tiene la iniciativa-, no tendría­mos ni siquiera sensi­bilidad ante ella, "estaríamos en otra", como suele decir­se hoy. ¡Y así viven tantos! b) Que Jesús puede darnos y aumentarnos la fe; siendo Jesús el destinata­rio de la oración de los apóstoles, es reconocido por ellos como el origen de este don. Esto se corrobora, porque Lucas habla de Jesús como "el Señor". El es el único que nos puede dar la fe. c) Que, aunque ya tengamos fe, ella es susceptible de aumen­to; nuestra fe no es todavía ni siquiera tan grande como un grano de mostaza. Por eso debemos orar siempre: "Señor, aumén­tanos la fe". d) Si nues­tra fe fuera robusta, incluso la naturaleza nos obedecería, pues dispondría­mos del poder de Dios mismo. En otro lugar el Señor lo dice más claramen­te: "Os aseguro que si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: 'Desplá­zate de aquí allá', y se desplazaría, y nada os sería imposible" (Mt 17,20).

     El Catecismo recoge todo esto enseñando que "la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por El" (N. 153). Es una virtud por la cual confiamos absolutamen­te en Dios y fundamos nuestra vida en su Palabra. La fe no es sólo un cono­ci­miento intelectual, sino una virtud que incide en toda la vida; no es sólo la recitación de ciertas fórmu­las, sino que consiste en poner las verdades así formula­das como base de la existen­cia. Una virtud es una cuali­dad interio­rizada, que forma parte del sujeto, y determina su modo de ser. La fe, cuando existe en el sujeto, le da vida: "El justo vivirá por su fe" (Hab 2,4).

     Cuando alguien confiesa determinadas verdades de fe, e incluso cree en ellas, pero su vida no es coherente con lo que confiesa, entonces se dice que la fe no está formada o que está muerta. Esto lo expresa de la manera más extrema el apóstol Santiago, afirmando que esa fe la tienen también los demonios: "La fe, si no tiene obras, está realmente muer­ta...  ¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. También los demonios lo creen y tiem­blan" (Sant 2,14s).

     Esto es verdad incluso de las verdades naturales. Por ejemplo, si debe organizarse un acto masivo al aire libre y los pronósticos del tiempo anuncian lluvia, todos toman pre­cuaciones. O cuando la prensa anuncia un corte temporal del suministro de agua, nos proveemos del agua necesaria en suficientes recipien­tes. Ese anuncio y el crédito que se le prestó dicta una línea de conducta consecuente. Si ante tal anuncio una persona permanece indiferente eso indica que o no le dio crédi­to -no cree- o no le importa prescindir del agua -no da importancia a ese elemento-. Lo mismo ocurre en el campo de la fe sobrenatural. Por ejemplo, observamos que en el Evangelio Jesucristo afirma reiteradamente que para alcan­zar la vida eterna es necesa­rio cumplir los manda­mientos y, sin embargo, encontramos tantos que se declaran cris­tianos y que transgreden siste­máticamente los mandamien­tos y viven habitual­mente en pecado, es decir, privados de la vida divina. O no creen en la palabra de Cristo o no les importa perder la vida eterna. En ambas hipótesis carecen de fe viva. Si una de esas personas cambia de vida y comienza a vivir de manera coherente con lo que cree, entonces su fe es formada, es viva y le da la vida.

     La fe sobrenatural consiste en creer todo lo que Dios nos ha revelado y conformar a eso la vida. Se trata de verda­des acerca de Dios y del destino eterno del hombre, que no son alcanzables por la sola fuerza de la razón natural, y que nos han sido dadas como un don de Dios. Darles crédito y fundar en ellas la vida es otro don de Dios. La conjuga­ción de ambos dones es la fe, ella misma es un magnífico don.

     Cuando hemos vivido conforme a la fe, no hemos hecho más que recibir un don; no tenemos nada que exigir, como si se debiera a nuestro esfuerzo. Sería absurdo esperar que Dios nos agradeciera, pues ha sido El quien nos ha hecho el don. Por eso Jesús pregunta: "¿Acaso el señor tiene que agradecer a su siervo porque hizo lo que le fue mandado?" Cuando hemos actuado conforme a la fe recibida en don, somos como los siervos que han cumplido con su deber. Entonces debemos decir: "Siervos inútiles somos; hemos hecho lo que debía­mos hacer". La fe, cuando es tan grande como un grano de mosta­za, lleva incluso al don de la vida, porque se cree en Alguien que es más grande que nuestra propia vida. Tenemos el inmenso "coro de los mártires" para demostrarlo.


+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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