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Meditación Dominical

Nosotros tenemos la mente de Cristo (Mt 16,21-27)

Sunday, Aug 31, 2014


El Evangelio de este domingo deja en evidencia cuánto difieren los pensamientos de Dios de los pensamientos de los hombres. Los pensamientos de Dios sobre el Mesías y su misión eran unos; los pensamientos de los hombres sobre estos mismos temas eran otros completamente distintos. Aquí se cumple lo dicho por Dios a su pueblo por medio del profeta Isaías: "Vuestros pensamientos no son mis pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos; cuanto superan los cielos a la tierra, así superan mis caminos a vuestros caminos y mis pensamientos a vuestros pensamientos" (Is 55,8-9). Si los pensamientos de Dios son la Verdad, los de los hombres son la vanidad. ¿Qué podemos hacer nosotros para tener los pensamientos de Dios? Esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy.

Pedro acababa de decir a Jesús: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Y Jesús había confirmado la verdad de esta declaración, afirmando: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17). Pedro era bienaventurado, porque lo que aquí declaró no era pensamiento de hombres, sino pensamiento de Dios. Los pensamientos de los hombres eran otros: “Que tú eres Juan el Bautista o Elías o Jeremías”. ¡Difieren mucho!

Una vez que los apóstoles han alcanzado la convicción de que Jesús es el Mesías -y en esto piensan como Dios-, entonces Jesús quiere hacerles dar un paso más y comienza a manifestarles los pensamientos de Dios acerca de la misión del Mesías: “Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día”. Estos son los pensamientos de Dios, pero difieren mucho de los pensamientos de los apóstoles y de los del mismo Pedro. Les chocaba sobre todo aquello de “sufrir mucho y ser matado”. No habría importado si Pedro hubiera aceptado con paciencia su incapacidad y hubiera creído en esas palabras, aunque, por ahora, no las entendiera, tanto más si las decía el mismo a quien él había confesado como “Hijo de Dios”. Pero quiso hacer prevalecer sus pensamientos humanos contra los de Dios: “Se puso a reprender a Jesús diciendo: ‘¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!’”. Y de esta manera, estaba poniendo obstáculos en el camino de Jesús.

Inducirnos a pensar de manera diversa a la de Dios es la obra de Satanás. Esto es lo que hizo en su primera intervención. El pensamiento de Dios sobre Adán y Eva es que ellos eran creaturas humanas y que por su obediencia tendrían vida; la obra de Satanás fue inducirles el pensamiento de que por su desobediencia llegarían a ser dioses. Pensamiento fatal que fue su sentencia de muerte. Queriendo imponer sus pensamientos, Pedro, sin saberlo, estaba asumiendo el rol de Satanás. Por eso Jesús lo desenmascara diciendole: “¡Quitate de mi vista, Satanás! ¡Tropiezo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”.

Este Evangelio nos enseña entonces que para tener los pensamientos de Dios debemos acoger la palabra de Jesús, “conservarla con corazón bueno y recto” (cf. Lc 8,15) y perseverar en ella, aunque de momento no la entendamos. Esto es lo que hacía la Virgen María: “Conservaba todas las palabras en su corazón” (Lc 2,51). Esto es lo que hacía San Pablo, quien llega al extremo de decir: “Nosotros tenemos la mente de Cristo” (1Cor 2,16). Para cerciorarnos de que en cada circunstancia tenemos los pensamientos de Dios debemos leer el Evangelio con corazón humilde, hasta llegar a identificar nuestra mente con la mente de Cristo.

Como queriendo ejercitarnos en esto, Jesús hace algunas afirmaciones que revelan su mente y que contrastan con la mentalidad humana imperante: “Si alguno quiere venir en pos de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame”. Aquí se explica por qué son tan pocos los que lo siguen; porque hay que “negarse a sí mismo y tomar la cruz”, se entiende, para morir en ella. Estos son los pensamientos de Dios; los pensamientos de los hombres buscan, en cambio, imponerse, afirmarse y procurar los placeres de este mundo rehuyendo todo sacrificio. Allí donde la cruz de Cristo resulte un tema incómodo o como “nada que ver”, allí reinan los pensamientos humanos. Allí habría que repetir lo que San Pablo repetía en su tiempo con lágrimas: “Muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo, cuyo final es la perdición... no piensan más que en las cosas de la tierra” (Fil 3,18.19). Los pensamientos de los hombres son muerte, los de Dios son vida.

Lo más valioso que cada uno tiene es la vida. La vida humana es un don de Dios. Según la mente de Jesús, la vida de cada uno vale más que el mundo entero: “¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?”. En la hipótesis de que alguien pudiera poseer el mundo entero, ¿de qué le serviría si está muerto? Pero este don inestimable que es la vida, lo hemos recibido no para cuidarlo afanosamente y regalarlo con toda clase de placeres de este mundo, sino para entregarlo. La vida nos ha sido dada para entregarla. El que se niegue a entregarla, quiera o no quiera, la perderá; día a día la irá perdiendo inexorablemente y, al final, la perderá del todo. En cambio, el que la entregue, la encontrará; encontrará una vida que estaba oculta, que no conocía, una vida que es llena de gozo y que no tiene fin: la verdadera vida. La mayoría de los hombres no conocen esta vida, porque se resisten a entregar su vida por Cristo. A esto se refiere Jesús cuando dice: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará".

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Concepción


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