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Meditación Dominical

El juicio final (Mt 25,31-46)

Sunday, Nov 23, 2014


Hoy día es el último domingo del año litúrgico y la Iglesia celebra la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. En la página del Evangelio de Mateo que leemos hoy se nos presenta la conocida escena del juicio final, con la cual Jesús concluye el discurso escatológico, que es el último de los cinco discursos que pronuncia en es-te Evangelio. Se trata, por tanto, de la última enseñanza de Jesús; después de esto comienza el relato de la pasión. Es el texto del Evangelio más apto para ser leído en el último domingo del año litúrgico (ciclo A de lecturas). Por otro lado, este es el único texto en que Jesús se atribuye a sí mismo –al Hijo del hombre- explícitamente el título de rey. Ciertamente esta circunstancia influyó para que la Iglesia ubicara la solemnidad de Cristo Rey en el último domingo del año.

Dijimos que era la conclusión del discurso escatológico. Y precisamente se presenta el evento último de la historia: la venida del Hijo del hombre. La descripción de ese evento no se hace como mero hecho de crónica, sino de manera que determine toda nuestra vida presente. El que vendrá no es descrito ya con imágenes -como el Esposo esperado por las vírgenes, o como el señor que pide cuenta a sus siervos-, sino que es llamado “el Hijo del hombre”, expresión constante que usó Jesús para hablar de sí mismo: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria”. Es una escena imposible de visualizar: ¿quién puede tener una imagen de la gloria que corresponde a Jesucristo como Hijo de Dios? ¿Y del séquito de todos sus ángeles?

Más grandioso es lo que sigue: “Serán congregadas delante de él todas las naciones”. La escena adquiere dimensión universal. Para continuar Jesús adopta una imagen que era familiar para sus oyentes: para trasladar el rebaño, el pastor debe separar ovejas y cabritos en piños diferentes. Así hará el Hijo del hombre: “Él separará a los unos de los otros, como el pastor separa a las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha y los cabritos a su izquierda”. La destinación de unos y otros será radicalmente opuesta: “El Rey dirá a los de su derecha: 'Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo...’. Y dirá a los de su izquierda: 'Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles...’”. No es una sentencia arbitraria, sino que se indica claramente el motivo. A los primeros dice: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber...”. Se completa el elenco de las llamadas obras corporales de misericordia. A los otros en cambio dice: “Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber...”.

El juicio sería inapelable si unos y otros hubieran actuado efectivamente de esa manera con el Rey mismo. Pero tanto los que reciben premio, como los que reciben castigo expresan su perplejidad. Los primeros, por honestidad, preguntan: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber?...”. Y los segundos, esperando mitigar la sentencia, apelan: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero..., y no te asistimos?”. Entonces el Rey responderá a unos y otros: “En verdad os digo que cuanto hicisteis (o dejasteis de hacer) a uno de estos hermanos mios más pequeños, a mí me lo hicisteis”. A los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos, encarcelados ¡los llama sus hermanos más pequeños! Y esto no sería nada: ¡los identifica consigo mismo! La apelación no es acogida y la sentencia se ejecuta: “Irán éstos al castigo eterno, y los justos a una vida eterna".

Pero hay todavía una apelación que hacer: los que reciben la sentencia demuestran no saber que los hambrientos, sedientos, desnudos, etc. eran los hermanos pequeños del Rey y que el Rey consideraba como hecho a sí mismo lo hecho con ellos. Si lo hubieran sabido ciertamente hubieran actuado de manera diversa. Lo que quiere enseñar la parábola es que esta apelación, llegado el momento, no tendrá efecto, porque todos los que seamos congregados ante el trono del Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, ya hemos sido advertidos. Nosotros ya sabemos que los hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados son los hermanos pequeños de Cristo y que lo hecho a ellos está hecho a Cristo mismo, ¡veamos, entonces, en ellos a Cristo y sirvamoslo! Según cómo nos comportemos con ellos, ya sabemos la sentencia que nos espera. En el juicio final no habrá ninguna sorpresa ni perplejidad.

A muchos llama la atención el hecho de que todo el juicio final dependerá de nuestra conducta con el prójimo y que no se contempla nuestra conducta con Dios. Para este juicio parece no examinarse el cumplimiento del primer mandamiento. En realidad, Jesús nunca quiso separar el segundo mandamiento del primero, y aquí los une de manera magistral; nadie los habría podido unir de manera más estrecha: une en un mismo acto de amor el amor a él –primer mandamiento- y el amor al prójimo –segundo mandamiento-, de manera que el amor al prójimo tenga como móvil el amor a él, que es nuestro Dios y Señor: “Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos mios más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Todo nuestro amor a Dios se debe volcar en el amor al prójimo. En la parábola del juicio final Jesús presenta de manera imaginativa y muy eficaz, la misma enseñanza que expresa San Juan en forma sistemática en una sentencia universal: “Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20). Sin el amor al prójimo no hay amor a Dios. El amor a Dios se expresa y se hace concreto solamente en el amor al prójimo.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Concepción


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