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Meditación Dominical

Vete a sentarte en el último puesto (Lc 14,1.7-14)

Sunday, Aug 28, 2016


El Evangelio de hoy comienza ubicando la acción: “Sucedió que habiendo ido Jesús en sábado a casa de uno de los jefes de los fariseos para comer, ellos lo estaban observando”(Lc 14,1). Tres cosas podemos destacar en esta introducción: el tiempo: día sábado; el lugar: la casa de un fariseo; la ocasión: un banquete con varios otros invitados.

     Después de esta introducción sigue un episodio en el cual intervienen sólo dos de estas circunstancias: el hecho de ser sábado y de estar en casa de un jefe de los fariseos donde había otros legistas y fariseos. A esto se agrega una tercera circunstancia: “Había allí, delante de Jesús, un hombre hidrópico”. Seguramente este hombre se había enterado de que Jesús estaba allí y había venido a postrarse ante él suplicándole que lo sanara. ¿Qué hacer? Por un lado, es claro que la Ley prohíbe hacer cualquier trabajo en sábado, y Jesús declaró que él había venido a “dar cumplimiento a la Ley” (Mt 5,17). Por otro lado, es claro que este hombre está privado de la salud, y Jesús declaró que había venido “para que los hombres tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Jesús optó por esto último: “Sanó al enfermo y lo despidió”. De esta manera enseña que la vida humana tiene un valor sagrado e inviolable y que la Ley, incluido el precepto del sábado, está formulada por Dios "para que el hombre tenga vida y la tenga en abundancia”. El respeto de la vida humana y el cuidado de ella, desde su concepción hasta su fin natural, está en el centro de la enseñanza de Cristo.

     En estos días hemos asistido en nuestra patria a una discusión acerca de la legalidad de la así llamada “píldora del día después”. Se trata de una píldora que ingiere la mujer el día después de la relación sexual con el fin de destruir la vida humana, en el caso de que se hubiera iniciado como consecuencia de esa relación. Si, usando el criterio del Padre Hurtado, nos preguntamos: “¿Qué habría hecho Cristo en mi lugar?”, estamos ciertos que él habría optado por el respeto a la vida humana rechazando el uso de este fármaco de muerte. Nadie que tenga buena fe podría atribuir a Jesús la postura contraria. Prohibiendo el uso de esta “píldora”, nuestra sociedad ha dado una prueba de que en ella se mantiene vivo este valor evangélico.

     En seguida el Evangelio de hoy se centra en la tercera circunstancia: un banquete. Jesús se fija en la conducta de los invitados y, notando cómo elegían los primeros puestos, les dijo una parábola: "Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya sido invitado por él otro más distinguido que tú, y viniendo el que os invitó a ti y a él, te diga: 'Deja el puesto a éste', y entonces avergonzado vayas a ocupar el último lugar". En realidad, más que una parábola en sentido estricto, ésta es una enseñanza de sabiduría humana. Y, aunque sea una norma de la más elemental prudencia humana, los invitados que Jesús observaba no la cumplían. Y no se cumpliría tampoco hoy, si no hubiera severas normas de protocolo, y en los banquetes oficiales no estuvieran los puestos con su nombre.

     Dijimos que esta es una norma de prudencia humana. Pero también adquiere valor de parábola, si consideramos que hay semejanza con nuestra relación con Dios. Como lo hace a menudo, Jesús toma pie de esta situación concreta de la vida –invitados que eligen los primeros lugares- para formular una enseñanza respecto al sentido último del hombre. En esa ocasión Jesús siguió aconsejando: “Cuando seas invitado, vete a sentarte en el último puesto, de manera que cuando venga el que te invi­tó, te diga: 'Amigo, sube más arriba'. Y esto será un honor para ti delante de todos los que estén contigo a la mesa". Se compara esta enseñanza con la que Jesús recomienda, no sólo con ocasión de una boda, sino como actitud de vida. En efecto, cuando sus discípulos pugnaban por ser cada uno el mayor, Jesús les enseña cómo se logra esto ante Dios: “El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos” (Mc 10,43-44).

     Nadie puede negar que San Pablo es grande ante Dios y, junto con San Pedro, es el primero entre los apóstoles. Pero justamente él eligió el último lugar: “A nosotros, los apóstoles, Dios nos ha asignado el último lugar, como condenados a muerte, puestos a modo de espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres... Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos” (1Cor 4,9.13). Él se humilló, y Dios lo exaltó.

     Aprovechando de que estaba en un banquete, Jesús siguió dando un criterio sobre la elección de los invitados: “Cuando des un banquete, llama a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos; y serás dichoso, porque no te pueden corresponder, pues se te recompensará en la resurrección de los justos”. ¡Qué distinto es este criterio del que se usa en la vida corriente! Las listas de invitados parten siempre por los más poderosos y precisamente en vista de la retribución que ellos puedan ofrecer. Jesús dice: “Ellos te invitarán a su vez, y tendrás ya tu recompensa”, quedarás pagado en esta tierra. En cambio, si se invita a los que no pueden corresponder, la recompensa no será de ellos, ¡será de Dios! Y no será en bienes de esta tierra. Por eso dice: “Se te recompensará en la resurrección de los justos”, es decir, eternamente en el cielo. ¡Qué extraño poder de retribución tienen los pobres! Es que Jesús se identificó con ellos de la manera más plena: “Tuve hambre y me disteis de comer... En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos mios más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,35.40). La recompensa será esta: “Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo” (Mt 25,34).

     Vemos en este Evangelio que Jesús no pierde ocasión para enseñar la verdad acerca del destino eterno del hombre y cómo es que el hombre se juega este destino en sus opciones de esta vida. De él aprendió San Pablo, cuando recomienda a su discípulo Timoteo: “Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana...” (2Tim 4,2-3).
+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)


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