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Meditación Dominical

El Espíritu recibirá de los mio (Jn 16,12-15)

Sunday, May 26, 2013


El Catecismo enseña que "el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina" (N. 234). El misterio de la Trinidad es la verdad más alta de la fe, la más importante, la más cercana a Dios, pues se refiere a la vida íntima de Dios mismo. El Catecismo sigue diciendo: "Toda la historia de la salvación no es otra cosa que la historia del camino y de los medios por los cuales el Dios verdadero y único, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se revela, reconcilia consigo a los hombres, apartados por el pecado, y se une con ellos" (Ibid.).

Este domingo la Iglesia celebra la solemnidad de la Santísima Trinidad. Si Dios es el creador de todo cuanto existe y quien mantiene todo en la existencia, si él es el creador del hombre y el destino eterno del ser humano, si la felicidad plena del ser humano consiste en la visión de Dios, entonces la revelación de cómo es este Dios debe despertar todo nuestro interés; nada debe interesarnos más que conocer a Dios, al Dios verdadero. Toda otra realidad, cualquiera que sea, es infinitamente menos real, menos bella y menos buena, tanto, que Dios no se puede asimilar a nada conocido. San Pablo, que es heraldo de este misterio, describe su misión así: "Anunciamos lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó: lo que Dios preparó para los que lo aman (1Cor 2,9). Eso que Dios preparó es la participación de su vida trinitaria. En esto consiste la felicidad que todo ser humano anhela.

El misterio de la Trinidad es inaccesible a la sola razón humana y permaneció desconocido incluso a la fe de Israel en el Antiguo Testamento. Ha sido revelado por Jesucristo, pero su verdad plena se nos comunica gradualmente gracias a la acción del Espíritu Santo en nuestros corazones. Esto es lo que se deduce del Evangelio que nos propone la liturgia en este día.

Jesús dice a sus apóstoles: "Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello". Jesús ciertamente no se refiere a la cantidad de lo dicho por él; se refiere a la captación del sentido de sus palabras. Esto es lo que los apóstoles no podían alcanzar ahora. En efecto, durante su vida pública -tres años-, Jesús dedicó la mayor parte del tiempo a enseñar y lo que dijo es mucho más que lo que nos transmiten los Evangelios. El mismo evangelista Juan concluye su Evangelio declarando: "Hay además muchas otras cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribirían" (Jn 21,25). Todo eso que él hizo y enseñó lo escucharon sus apóstoles; pero ellos no eran capaces de comprenderlo en ese momento.

Jesús declaró en repetidas ocasiones que lo enseñado por él provenía de su Padre: "Yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar... Por eso, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí" (Jn 12,49.50). Esta fue su misión y él la realizó con perfecta fidelidad. Pero aún faltaba algo para que la revelación llegara a destino: faltaba la misión de otra Persona divina. A ella se refiere Jesús cuando dice: "Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa". Jesús aclara que tampoco el Espíritu hablará por su cuenta, ni dirá cosas nuevas: "El no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga". ¿De quién oye el Espíritu lo que debe hablarnos? Responde Jesús: "Él me dará gloria, porque recibirá de lo mio y os lo comunicará a vosotros".

Habríamos esperado que el Espíritu tomara más bien del Padre y eso lo comunicara a nosotros, así como hace Jesús, que es el Hijo. Jesús reconoce que en cierto sentido tenemos razón y por eso se adelanta a aclarar: "Todo lo que tiene el Padre es mio. Por eso he dicho: Recibirá de lo mio y os lo comunicará a vosotros". Todo proviene del Padre; nos fue comunicado por medio del Hijo, que para esto se encarnó y nos habló en nuestro lenguaje humano; pero no entra en nuestro corazón y no se hace vida en nosotros mientras no actúa el Espíritu Santo. Así están las tres Personas divinas actuando en la misma y única revelación.

Podemos comprender que el Padre es una Persona; que el Hijo es una Persona; pero tal vez sea más difícil afirmar que el Espíritu es una Persona. La palabra "espíritu" designa una cosa, algo que "pertenece" a una persona. Sin embargo, afirmamos que es una Persona divina, porque así se deduce del modo como Jesús habla de él. En la lengua griega, que es la original del Evangelio, la palabra "espíritu" es de género neutro, y así se escribe en la expresión "el Espíritu de la verdad". Pero Jesús dice: "Cuando venga él... él me dará gloria", y aquí el pronombre personal "él" está en género masculino, porque designa una Persona. El mismo razonamiento se puede hacer si pensamos que Jesús habló en arameo, pues en esa lengua la palabra "espíritu" es de género femenino. Si Jesús estuviera hablando del espíritu humano, que no es una persona, habría dicho: "Ella me dará gloria".

"Todo lo que tiene el Padre es mio". En ese "todo" está incluida la divinidad. Y "el Espíritu recibirá de lo mio", incluso la divinidad. Por eso confesamos que Dios es uno solo, y que el Padre es Dios, el Hijo es ese mismo y único Dios y el Espíritu Santo es ese mismo y único Dios; tres Personas distintas y un solo Dios. Nosotros estamos llamados a participar de la vida intratrinitaria porque el Espíritu Santo nos comunica la filiación divina; estamos destinados a ser hijos de Dios en el Hijo único de Dios. Este es el misterio inefable que contemplamos hoy.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Los Angeles (Chile)


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