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Meditación Dominical

Dadles vosotros de comer (Lc 9,11b-17)

Sunday, May 29, 2016


La Iglesia celebra este domingo la gran solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es obvio que la expresión "cuerpo y sangre" es un modo típicamente semítico de indicar una totalidad, toda la persona; en este caso, la Persona de Cristo. Este mismo modo de expresión lo usó Jesús también en otra ocasión, cuando aseguró a Pedro que ningún hombre le había revelado su identidad: "Esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Mt 16,17). Si "carne y sangre" no significara aquí el hombre (Pedro mismo o cualquier otro ser humano), entonces la afirmación de Jesús carecería de sentido. Lo que Jesús quiere decir es esto: "No el hombre, sino Dios". Diciendo "carne y sangre" se refiere al hombre en lo que tiene de más humano.

¿De dónde nace ese modo de referirse a la Persona de Cristo? Nace del mismo Jesús. En efecto, fue él quien en la última cena, tomó un pan y dijo: "Esto es mi Cuerpo", y luego tomó una copa de vino y dijo: "Esta copa es mi Sangre". La palabra de Cristo no puede dejar de hacer lo que dice, no puede dejar de efectuar lo que significa. Si Jesús dice: "Esto es mi cuerpo", eso no puede ser más que su Cuerpo; y si dice: "Esto es mi Sangre", eso no puede ser más que su Sangre. Su palabra, siendo Palabra de Dios, es viva y eficaz y "no vuelve a Dios vacía, sin que haya realizado los que a Dios plugo, ni haya cumplido aquello a que Dios la envió" (cf. Is 55,11).

Jesús dijo también: “Haced esto en memoria mia”. Tenemos entonces que, obedeciendo a ese mandato,  después de hacer esos mismos gestos y pronunciar esas mismas palabras, el sacerdote tiene en sus manos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, a Cristo mismo. Es, obviamente, un misterio de fe. Pero nos preguntamos: ¿Por qué no dijo Jesús simplemente: "Esto es mi Persona" o "Esto soy Yo"? No, porque su Persona y su Yo personal es Dios mismo, y Dios no tiene cuerpo ni sangre. Jesús nos dio su Cuerpo y su Sangre para que comprendiéramos que allí está ciertamente su Persona, está él mismo, pero encarnado, tal como vivió en esta tierra: un solo Cristo, que es Dios verdadero y hombre verdadero. En cuanto hombre, Jesús tiene Cuerpo y Sangre. En esta forma se nos da la Persona de Cristo en el sacramento de la Eucaristía bajo las especies del pan y del vino. El Cuerpo y la Sangre quiere representar la totalidad del Hijo de Dios encarnado. Pero él está presente todo entero en cada una de las especies y en cada parte de ellas. Por eso la Hostia santa y el cáliz con la Sangre de Cristo son cada uno objeto de adoración. En todos los templos donde se celebra hoy día este misterio se realizan procesiones para dar culto de adoración a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, en la Hostia santa.

Se ha elegido para esta solemnidad el Evangelio de la multiplicación de los panes por su relación con el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En efecto, el Cuerpo y la Sangre de Cristo se nos dan como alimento, alimento de vida eterna, para nutrir la vida divina a la cual hemos nacido en el Bautismo. Así como Jesús nutrió a la multitud en el desierto, así nos nutre con el pan de vida eterna. Ese pan del desierto era pan milagroso, pero material; este pan de la Eucaristía es pan milagroso, pero celestial. Observemos el episodio evangélico más de cerca.

Seguía a Jesús una multitud de cinco mil hombres. El “los acogía, les hablaba acerca del Reino de Dios y curaba a los que tenían necesidad de ser curados”. Pero comenzó a declinar el día, y se acercan los Doce a decirle: “Despide a la gente para que vayan a los pueblos y aldeas del contorno y busquen alojamiento y comida, porque aquí estamos en un lugar desierto”. La sugerencia de los Doce es sensata, pues para cualquiera era obvio que allí no había alimento para toda esa multitud. Jesús les dice con toda naturalidad: “Dadles vosotros de comer”. ¿Cómo? ¿Lo dice en serio? ¿Acaso no se da cuenta de la situación? Nada indica que Jesús esté “bromeando”. Por otro lado, es imposible que él no capte la situación. La única alternativa que queda en pie es que lo diga en serio y con perfecta conciencia de lo que está diciendo: ¡Los apóstoles tienen que dar de comer ellos mismos a los cinco mil! Esa es su voluntad.

Ellos, en cambio, al oír el mandato de Jesús, se quedan con la idea de que él no capta la situación y tratan de hacerle comprender: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”. ¡No es suficiente! Y ponen una alternativa imposible para hacer ver lo absurda que es la orden de Jesús: “A no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente”. Se habría necesitado un camión. Jesús va a demostrar que no ha dicho algo absurdo y que él sabe lo que dice. Da entonces esta otra orden a sus discípulos: “Haced que se acomoden por grupos de unos cincuenta”. Esta orden no les parece absurda y la obedecen. Aunque ciertamente estarán preguntándose: ¿Para qué los hace sentarse? ¿Qué va a hacer? El relato sigue: “Jesús tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la gente”. Y no tocó a cada uno un pedacito minúsculo de pan, como si Jesús hubiera partido cada pan en mil pedazos. No, el resultado es este: “Comieron todos hasta saciarse y de los trozos que sobraron se recogieron doce canastos”.

Jesús hizo un milagro admirable que es figura de la Eucaristía. Pero nos queda dando vuelta la pregunta: ¿Por qué dijo a los apóstoles: “Dadles vosotros de comer”? Es porque él tenía decidido que el milagro se obrara por manos de sus apóstoles. Si ellos hubieran obedecido su mandato y hubieran empezado a partir los cinco panes, el milagro de la multiplicación lo habrían hecho ellos. Esto es lo que Jesús había dispuesto. Cuando, más tarde en la última cena, la víspera de su pasión, Jesús les da esta otra orden: “Haced esto en memoria mia” (Lc 22,19), ellos le obedecieron y obtuvieron el resultado magnífico de hacer presente a Cristo mismo. Esto es lo que renueva cada sacerdote en la Eucaristía. Esto es lo que celebra la Iglesia en este día.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)

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