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Meditación Dominical

Yo soy el camino... nadie va al Padre sino por mí (Mt 22,34-40)

Sunday, Oct 26, 2014


Cualquiera que lea el Evangelio con atención observará que Jesús se presentó como un maestro –este es el título que se le da en el Evangelio con más frecuencia- y que la enseñanza que él expuso era nueva, de manera que la gente al oírlo decía: “¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva expuesta con autoridad!” (Mc 1,27). Y el mismo Jesús advirtió que su presencia en el mundo era una novedad absoluta, que no podía ser acogida sino con un espíritu nuevo: “Nadie echa vino nuevo en pellejos viejos... sino que el vino nuevo se echa en pellejos nuevos” (Mt 9,17).

El mismo lector observará también que el grupo religioso que más se opuso a la enseñanza de Jesús fue el de los fariseos. El Evangelio subraya esta oposición: “Los fariseos celebraron consejo sobre la forma de sorprender a Jesús en alguna palabra” (Mt 22,15). La oposición de los fariseos queda en evidencia también en el Evangelio de hoy, que se introduce con estas palabras: “Los fariseos... se reunieron en grupo y uno de ellos le preguntó con ánimo de ponerlo a prueba: ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?’".

En el primer caso los fariseos “celebran consejo” para ver cómo pueden hacer caer a Jesús en un error y así perderlo. Y concluyen en una pregunta verdaderamente insidiosa, digna de esa confabulación maligna: “¿Es lícito pagar tributo al César o no?” (Mt 22,17). En el comentario del domingo pasado veíamos cómo se libró Jesús de esa trampa. En el Evangelio de este domingo leemos que de nuevo los fariseos “se reúnen en grupo”, pero en la pregunta que le hacen “con ánimo de ponerlo a prueba”, hay algo que no calza: es que la pregunta que le hacen nos parece demasiado fácil. A primera vista no se ve dónde está la dificultad de la pregunta. Esa pregunta la habría respondido bien cualquier niño de catecismo en Israel y también cualquier niño cristiano.

Para comprender la intención de la pregunta hay que considerar que tal vez el punto principal de discrepancia entre Jesús y los fariseos era la comprensión misma de la Ley y de sus mandamientos. En esta comprensión también introdujo Jesús una novedad radical; en realidad, es una vuelta a los orígenes. Conviene entonces que veamos muy brevemente la evolución que tuvo la noción de la Ley de Dios en Israel.

Lo primero no es la Ley. Lo primero es la elección de Dios. Dios vino a escoger a un pueblo concreto para manifestarse a él y hacerlo su propio pueblo por medio de una alianza con él. Lo primero es la gracia de Dios. Los términos de la alianza son estos: “Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo” (Lev 26,12; Ez 37,27). El hecho de que Dios haya creado al hombre y condescienda a relacionarse con él amorosamente es iniciativa de Dios y puro don suyo. La Ley con todos sus preceptos es sucesiva. Por medio de ella Dios revela a su pueblo el modo de vivir en alianza de amor con él. Pero gradualmente la Ley había comenzado a absolutizarse y a transformarse en el medio para alcanzar a Dios; todas las relaciones entre Dios y el hombre estaban regidas por la Ley (la Torah). La Ley pasó a ser lo primero, porque ella era el camino que conduce a Dios: “Hazme entender el camino de tus ordenanzas... Corro por el camino de tus mandamientos... Enseñame, Señor, el camino de tus preceptos" (cf. Sal 119,25-33). Los textos se podrían multiplicar.

Jesús, en cambio, afirma: “Yo soy el camino... Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6). Y explica por qué: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30). Con la Encarnación del Hijo de Dios y su vida en medio de nosotros, Dios se entrega al hombre como un don. El medio para llegar a Dios es Cristo y no un código legal. La unión con Dios no es el resultado de mi esfuerzo por cumplir una ley -aunque la ley sea santa y haya que cumplirla-, sino de la fe en Cristo. Antes de conocer a Cristo, San Pablo expresa la noción de la ley que él sustentaba, diciendo: “En cuanto a la ley, yo era fariseo” (Fil 3,5). Pero después que conoció a Cristo, cambió su noción de la ley y afirma: “El hombre no se justifica por su cumplimiento de las obras codificadas en la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo" (cf. Gal 2,16). Ya no es fariseo; es cristiano.

La ley establecía la separación entre Israel y todos los demás pueblos. Esa separación fue suprimida por Cristo, como explica San Pablo en su carta a los Efesios: "Por Cristo, unos y otros (judíos y gentiles) tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu" (Ef 2,18). El acceso al Padre no es por el cumplimiento de la ley, sino por Cristo.

Ahora entendemos por qué los fariseos hacen a Jesús una pregunta que parece tan fácil; estaban examinando su concepto de la ley judía. En su respuesta Jesús no indica ningún mandamiento propio de Israel, sino los dos mandamientos propios de todo ser humano: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento”. Pero agrega otro al cual concede igual rango: "El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Todo otro precepto está contenido en estos dos. Todo precepto que se oponga a éstos o que prescinda de ellos debe ser rechazado, pues “de estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas”.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo Auxiliar de Concepción


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